lunes, 30 de mayo de 2011

POBRE DOMINIQUE

A continuación, transcribo la conversación que tuve esta madrugada con Dominique Strauss-Kahn, quien enfrentará acusaciones de crímenes sexuales en los Estados Unidos. Como toda persona, debe ser considerado inocente, hasta que se pruebe lo contrario.

¡Pobre Dominique! No puede imaginar cuánto lo he pensado. Eso de mandarlo a la cárcel por culpa de una encerrona con una camarera en el cuarto de un hotel, sólo se les ocurre a los gringos. Tanto he pensado en sus penalidades, que anoche no podía dormir y decidí llamarlo. Todavía no sé cómo conseguí su teléfono, pero resulté hablando muy francamente con él.
Trataré de transcribir nuestra conversación de la manera más fiel posible, a pesar de que algunas palabras me resultaron ininteligibles, ya que las dijo en francés. Infortunadamente, a mí me rajaron en el colegio en esa clase. Excusarán, entonces, los lectores las pequeñas omisiones.
Lo saludé a la usanza cucuteña: ¿Dominique, qué más, cómo está, cómo le va?
¿Qué más puede haber? Contrapreguntó él. Estos gringos, siguen siendo enemigos de los franceses y unos solapados. Todos los políticos hacen lo que hacemos los hombres con poder de seducción y, cuando los pescan, se dan golpes de pecho, piden excusas públicas y prometen redimirse a través de la oración. Qué tal Schwarzenegger, el Esperminator?  ¿Qué tal el candidato Edwards?
Ya me vio usted en la televisión, merde!
Si, lo vi en la televisión, respondí yo. Aparecía desmejorado. 
No se contentaron con exhibirme ante la prensa, esposado como cualquier maleante pobre, sino que se negaron a suministrarme cepillo, pasta dental, crema y cuchilla de afeitar, se quejó. A mí, el director del Fondo Monetario Internacional y futuro presidente de la France. La intención de esos fiscales fue la de hacerme aparecer como un viejo siniestro. Argumentaron que querían evitar que utilizara los artículos de aseo para hacerme daño a mí mismo.
Como si fuera poco, los gringos esos iniciaron una campaña para desprestigiarme. Se inventaron que estaba pagando 3.000 dólares la noche en el Sofitel. Pero, mon Dieu, yo nunca he pagado tarifa plena en los hoteles franceses. Pago la tarifa de las habitaciones para  el servicio doméstico, algunas veces incluyendo el servicio, y los hoteles me dan de cortesía una suite.  Mi mujer me mataría si yo gastara todo su dinero en hoteles. Porque, además, usted debe saber, que el Fondo es una institución horriblemente tacaña. Los viáticos son de miseria y no nos paga tarifa de avión en primera. Solamente business class. Por eso viajo en Air France, en donde me conocen y dan el tratamiento VIP que merezco. Sólo me faltaba que tuviera que atravesar el Atlántico en las incómodas sillas de business, como cualquier negociante medio-pelo de los Estados Unidos.
Pero cómo fue ese lío tan monumental, le pregunté. ¿Qué pasó en Nueva York?
Todo es culpa de Angela Merkel, la alemana, me respondió. Me tenía loco con aquello de que debía aumentar la presión sobre España y Grecia para que continuaran recortando gastos y disminuyendo la burocracia. Como si esos recortes fueran a solucionar los problemas de crecimiento y desempleo en esos países. Al contrario. Las recetas de esos tecnócratas del Fondo, que vienen desde los tiempos de Reagan y Thatcher, no han hecho más que agudizar los problemas de las economías en crisis. Mais non, esta vez me negué. No puedo ganar la candidatura del partido socialista francés si contribuyo a la caída de Zapatero. Que por más bruto y aburrido que sea, representa al Partido Socialista Obrero Español.
El caso de Grecia lo considero distinto. Si sigo presionando a sus autoridades para que aumenten sus ingresos, tendrán que vender hasta el Partenón. Y adiós a mis futuras vacaciones en las islas y a los placeres de la contemplación inspiradora de las ninfas jóvenes.
Ya no soportaba la tensión, añadió. Esa vieja fea, color de yuca, como dicen ustedes los colombianos, me tenía desesperado. Antes del vuelo a París necesitaba distensionarme.
Pero qué pasó en el hotel, insistí.
La culpa es también de Sarkozy, me respondió. Cuando el lio con la Piroska, que me ganó un suave tirón de orejas del directorio del Fondo, me llamó para aconsejarme. Dominique, me dijo, cuidado con las mujeres de la Europa Oriental. Usted les hace el favor y el que queda en deuda es usted. Esas mujeres que crecieron bajo la opresión comunista se desvirolaron al caer la cortina de hierro.  Procedieron a llevar la contraria, subiéndose las faldas que, por cierto, son cada vez más cortas. Cuidado también con las gringas, que no entienden el estilo seductor de nosotros los franceses. Con sus ridiculeces feministas, por cualquier gesto cariñoso lo demandan a uno. O, lo que es peor, exigen matrimonio. Pregúntele a Newt Gingrich, expresidente del Congreso, lo que le pasó.
Pero, la verdad, me confesó él, es que la relación con mi funcionaria húngara fue muy fácil. Viajábamos de misión oficial juntos y llegábamos al mismo hotel. Yo tocaba a su puerta y voilà. Hasta le puso un nombre cariñoso a mi…. (palabra ininteligible en francés). “Piroski” lo llamaba. De allí que me hubiera sorprendido tanto su carta acusadora ante los directivos del Fondo que, debo admitir, son todos varones civilizados y comprensivos.
Fue culpa de la Piroska, insistió. Ella sabía que yo soy un famoso seductor francés. Para qué, entonces, me tienta con sus minifaldas y sus blusitas apretadas. Y yo que no nací detrás de la cortina de hierro y no soy de ese material, me dejé llevar. Piroskeamos unos meses hasta que nos descubrieron.
Dominique, por favor, insistí yo. Qué pasó con la camarera.
Pobre de mí, dijo entre sollozos. Venía tensionado odiando a la yuca de la Merkel y me encontré en el hotel con una africana. Pensé que su llegada a mi habitación era providencial. Aunque uno no debe mezclar a Dios con estas cosas, pienso ahora. Tenía razón el pastor de los Estados Unidos que profetizó el final del mundo para la semana pasada. El universo siguió existiendo pero mi mundo se acabó.
Ahora me acusan de violencia, añadió. Yo soy incapaz de violencia, soy un seductor y las mujeres caen a mis pies. Apenas si las toco con el pétalo de una rosa. O de mi rosa florecida, si hay la ocasión.
Pero todo fue consexuado, aclaró.
Querrá decir, consensuado, anoté.
Pero nó, insistió. C O N S E X U A D O.
En ese momento se cortó la línea. Mejor dicho, desperté de mi pesadilla.
Como todos, tendré que esperar para saber las conclusiones a las que llegue el jurado en el juicio que se avecina.
¡Pobre Dominique!

Publicado por Semana.com el 25 de mayo, 2011

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