domingo, 1 de mayo de 2011

COMPARACIONES PREOCUPANTES

Los resultados de las elecciones en Perú están preocupando a varios generadores de opinión en nuestro país. Colombia no es Perú. Sin embargo, si comparamos los avances o retrocesos en materia de pobreza, desigualdad y desarrollo humano, los colombianos debemos sentirnos inquietos. Ningún país está exento de que, al perder la esperanza, las mayorías caigan en los brazos de algún demagogo.
Hacer comparaciones resulta antipático. Los colombianos tradicionalmente hemos sido optimistas y alegres. Pensamos que Colombia es superior, en muchos aspectos, a todos nuestros vecinos, con la excepción de Brasil (que se considera a sí mismo el mejor país del mundo). Nos sentimos más cultos, inteligentes y mejor preparados.   Pero, cuidado, porque la mayor parte de nuestra población sigue siendo muy pobre y la clase  media está golpeada.
Seamos claros: entre todos nuestros vecinos, Brasil, Ecuador, Panamá, Perú y Venezuela, tenemos los más altos índices de concentración del ingreso, los porcentajes de pobreza más altos y el más bajo índice de desarrollo humano. Los anteriores indicadores nos deben, no sólo preocupar, sino mover para cambiar las tendencias y las prioridades.
Veamos algunos detalles:
En 2009, el porcentaje de pobreza en Colombia (46%) fue el más alto del vecindario y el que menos disminuyó en los años que pasaron desde 2002. Apenas 16%. Arrancamos el período con una tasa muy semejante a la del Perú (54%). Pero allí disminuyó  más de 36%. Cierto, Perú creció mucho más que Colombia y ello explica, en gran parte, la disminución del porcentaje de pobres.
El lado positivo: disminuimos significativamente la tasa de indigencia. Pasamos del 29% a cerca del 16%. Las transferencias, a través de Familias en Acción, y otros programas pudieron contribuir a este descenso. Sin embargo, resultaron cortas frente a las grandes necesidades.
En América Latina, en general, el ingreso está muy fuertemente concentrado. En Colombia, la minoría que forma parte del 10% de los hogares más ricos, se lleva casi el 40% de los ingresos. En Perú reciben el 29% y en Venezuela el 25%. Como contraste, el 40% de los hogares colombianos, los más pobres, reciben menos del 12%.
Nuestras deficiencias en el mejoramiento de la distribución del ingreso se reflejan en el llamado coeficiente de Gini.  En el caso de Colombia, entre 1999 y 2009,  este coeficiente no mejoró. De nuevo, en este campo estamos bastante peor que Perú y Venezuela.
Las inversiones de Colombia en el área social son cuantitativa y cualitativamente insuficientes. Lo anterior se refleja en indicadores como el Indice de Desarrollo Humano. En el último informe de Naciones Unidas, ocupamos el nada honroso puesto 76 en el mundo, por debajo de todos nuestros vecinos. La posición del Perú fue la 66.
Algunos columnistas se preguntan sobre las lecciones que los resultados electorales en el Perú pueden traer para Colombia. Una conclusión fácil podría ser la de que si en Perú, con unos indicadores sociales mejores que los nuestros y unas tendencias más positivas, ocurrió una debacle electoral, cosas peores pueden ocurrir en nuestro país.
No necesariamente. El problema de las desigualdades regionales en el vecino país es muy complejo y las diferencias culturales y raciales difíciles de extirpar. Allí, la falta de presencia y efectividad del Estado en varias regiones es peor que la nuestra, y las culturas y prácticas ancestrales, dentro un porcentaje alto de la población, le añaden a la multidimencionalidad de la pobreza ingredientes difíciles de superar. Una proporción importante de la población indígena sobrevive en condiciones semejantes a las del siglo XIX. No sólo están marginados físicamente, sino cultural, social y económicamente. Esas regiones y esos pueblos votaron mayoritariamente por Humala.
A pesar de que existen grandes desigualdades en nuestro desarrollo regional, los ingresos y las oportunidades, los colombianos conformamos una población mucho más homogénea, que vive en el siglo XX. Otros ya están en el siglo XXI. Lo cual está bien.
La decisión del actual gobierno de orientar el Plan de Desarrollo y sus inversiones hacia la disminución de esas diferencias, es acertada. En todo caso, debe darse una enorme prioridad a la inversión social, a las mejoras en la calidad y el acceso a los servicios públicos, sobre todo en educación y salud, y a acciones concretas para disminuir la concentración del ingreso, que es no sólo moralmente escandalosa sino peligrosa.
Los cambios que se están presentando en las actitudes y espíritu de los colombianos deben servir como una llamada de atención: del optimismo y alegría que tradicionalmente nos han caracterizado, estamos pasando a un estado de creciente polarización y amargura. Según la última encuesta de Latinobarómetro, tan sólo el 28% de los encuestados está satisfecho con el funcionamiento de la economía, un escaso 39% piensa que el país está progresando y una amplia mayoría (66%) considera que las decisiones de los gobiernos favorecen apenas a unos cuantos. Basta con leer los comentarios en línea de los lectores de los medios para captar la peligrosa polarización y la violencia verbal existentes.
Los colombianos respaldan la democracia y no son amigos de las aventuras políticas. Pero ningún país está exento de que, al perder la esperanza, las mayorías caigan en los brazos de algún demagogo.
Publicado en blog DESDE WASHINGTON en Semana.com en abril 2011

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