sábado, 17 de septiembre de 2011

JACKIE KENNEDY HABLA

Columna publicada por algunos diarios vinculados con COLPRENSA.
Con esa vocecita suave y aniñada que la caracterizaba, hace casi cincuenta años Jackie Kennedy dejó para la historia testimonios que hoy sorprenden y generan controversia. Su opinión sobre su papel como esposa, sobre las mujeres en la política y sobre personajes nacionales e internacionales está sirviendo para revaluar su imagen. Será necesario escuchar todos los extractos de la grabación hechos públicos, para tratar de adivinar cómo era realmente esta mujer que dejó una marca como Primera Dama de los Estados Unidos.
Tan solo cuatro meses después del asesinato del Presidente Kennedy, la primera dama aceptó sentarse frente a una grabadora con el historiador y amigo Arthur Schlesinger para hablar, durante más de ocho horas, sobre su vida con John Kennedy, el hombre, el líder y el Presidente.  Las cintas de la entrevista se mantuvieron guardadas en una caja fuerte por muchos años, de acuerdo con las instrucciones de Jackie. Al conmemorarse los cincuenta años de la llegada al poder de su padre, Caroline tomó la decisión de publicarlas. El libro y las grabaciones acaban de salir a la venta.
La primera sorpresa para el público fue la de que la exprimera dama, quien durante toda su vida defendió su privacidad y la de su familia, hubiera accedido a hablar. La interpretación hoy es la de que, consciente  de la importancia de preservar la memoria del Presidente para la historia, hubiere aceptado dejar su propio testimonio. Al fin y al cabo, el período de Kennedy fue tempranamente cortado y su paso por la Casa Blanca no estuvo exento de controversias por sus decisiones nacionales e internacionales y por su aparente afición a las mujeres.
En lo que a los temas internacionales se refiere, la confesión de que, después de la trágica y equivocada invasión de Bahía Cochinos, Kennedy había llorado, humaniza su imagen. Quedó tan afectado, que su hermano recomendó a Jackie no dejarlo sólo y tratar de tranquilizarlo y consolarlo.
En lo que se refiere a su opinión sobre personajes internacionales, los colombianos ya sabíamos que Alberto Lleras, Presidente de Colombia durante el período de Kennedy y quien los había recibido en Bogotá en visita de estado, la había impresionado profundamente por su inteligencia, cultura y estilo. Igualmente Lleras gozó del aprecio y el reconocimiento de su colega norteamericano por el apoyo brindado al lanzamiento del Programa Alianza para el Progreso, a la lucha contra el comunismo y la consiguiente expulsión de Cuba de la OEA.  De allí que Jackie lo hubiera recibido personalmente cuando Lleras presidió la delegación colombiana para los funerales de Kennedy. Lo que nos sorprendió es que Jackie encontrara que Lleras era “casi nórdico en su tristeza”.
Mientras tanto, a De Gaulle, quien le sirvió como anfitrión durante su visita a París cuando no sólo conquistó a la capital francesa sino a Europa, muy francamente lo califica como egoísta enfermizo y perverso.
Las opiniones de Jackie sobre su función como esposa del Presidente y sobre las mujeres en la política hoy nos parecen horriblemente anticuadas y tradicionales. Su reconocimiento de que su relación con Kennedy era Victoriana y hasta asiática, concuerda con su afirmación de que su principal papel era el de ofrecerle al Presidente un ambiente de tranquilidad y de afecto. Sin embargo, contradice la percepción que teníamos de una Jackie preocupada por construir la imagen de Camelot y de restaurar la Casa Blanca para que proyectara de mejor manera el nivel cultural, la historia y el poderío de su país. De lo que hasta ahora se conoce, parece que Jackie no se refirió a las infidelidades de su esposo. Habla sobre períodos cortos de separación, cuando ella se alejaba de la Casa Blanca, que fueron seguidos de momentos de gran cercanía. Afirma que dichos años, lejos de acabar su matrimonio como ella inicialmente temía, les trajeron felicidad.
Su opinión de que las mujeres no estamos hechas para la política, ya que somos demasiado emocionales, choca con la imagen que teníamos de una mujer que a los 31 años era culturalmente sofisticada y estaba adelante de su tiempo. De esa concepción, quizás, se derivan sus chismorreos sobre algunas mujeres en el poder, de las que dice que no se sorprendería si fueran lesbianas.
Tomará tiempo escuchar los extractos de las cintas que se han hecho públicos para tratar de adivinar cómo era realmente esta mujer, que dejó una marca como Primera Dama de los Estados Unidos.

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